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Este cuerpo que pasea por las calles y corre por el mundo te espera. No sé si eres tú, pero no tengo que hacer esfuerzos en el fondo de la noche o en la superficie del alba, para ver tu rostro e inquietarme. Sé que te veo porque tú me estás viendo, sé que te pienso porque tú me piensas. Esa hermandad me vuelve escéptico. No negaré que a veces me siento al borde del río, esa terrible metáfora del tiempo, no negaré que me siento al borde de la cama, ese lugar de noches y recuerdos, no negaré que me detengo y no logro dar un paso, abrir un libro, morder una manzana. Sé que tú también esperas y por eso el nombre de Penélope ha comenzado a serte caro, así no haya guerras que nos separen y tú y yo no hayamos sido, y yo no me parezca al ilustre Ulises. Por mi parte, no me llegan héroes sino palabras como la esperanza, el insomnio, la vejez, tres fuerzas que nos encadenan, que nos prometen algo que va a llegar (el deseo, el sueño, la muerte) y no llega. A veces un café se me enfría entre las manos. Desde mi ventana, la tarde y la noche son semejantes. Sé que tengo que olvidar el futuro. He vagado horas enteras en la misma página de este libro. He salido a la calle y he echado a correr con la angustia de quien huye del sol o de la luna. Ahora sé que esta página y mis correrías son una declaración de derrota. Me llamarás cobarde; yo te daré la razón. Tantas cosas nos unen y sólo esta espera, acaso más impetuosa que nosotros, nos separa.
Camilo Bogoya.
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