Los ríos, la luna progresiva y hasta el peso de los astros cambia. Ella cerró el libro y repitió de memoria el verso, y él supo que se lo estaba inventando, y ya se veía escondido en el baño y devorando el libro porque estaba seguro de que ese verso que ella repetía sin dolor era apócrifo. Él quiso poner las cosas en claro, y le quitó el libro de las manos y leyó en voz alta: vete, vete lejos, en todo caso yo ya me he ido. Ella le rapó su libro, sus versos, y dijo más fuerte: ojos de buitre, costal de huesos. Él se abalanzó sobre las páginas, le dio la espalda, recordó sus épocas de actor y recitó con dicción impecable: niña de suburbio, con olor a ajos y sudores en el culo. Ella le dio un puñetazo que le destronó los molares, recuperó el libro de tapas amarillas y con serenidad agregó: ¡cuántos me hicieron feliz por un lado y por el otro mientras tú te consumías en crepúsculos! Y él la sacudió con violencia por los hombros, tomó de nuevo el libro y mientras lo iba rasgando, página a página, con voracidad criminal, gritó con una voz que ya no era la suya: este hombre rendido y humillado, sin embargo te, y la puerta retumbó, y se quedó solo entre quinientas ocho páginas despedazadas.
Friday, June 29, 2007
Los Amantes I
Por Camilo Bogoya.
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