Friday, July 13, 2007

El Secreto

Por Camilo Bogoya.
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Una noche unos labios ebrios lo revelaron. Así el secreto atravesó las puertas del bar, salió a las calles, se confundió con la gente. La noche le concedió el silencio, pero al día siguiente a través de teléfonos el secreto cambió de ciudad, de lengua y hemisferio. Yo me encontraba comiendo en un hotel de mala fama cuando el secreto pasó por el comedor y no le quité los ojos de encima mientras siguió su rumbo. En las esquinas más improbables de Bogotá, el secreto se había convertido en algo distinto, y los protagonistas, las edades, los hechos hablaban de una historia que corrompía la realidad. Los barrios de Nueva York en cambio eran fieles a la confesión de aquellos labios turbios e indiscretos que llevaban cocinando durante meses el nombre del transgresor. Para la mujer que lo había revelado todo, seguía siendo un secreto, pues las secuelas sucesivas del alcohol le dejaron esa noche una laguna en la memoria. Unos días más tarde, cuando el secreto llegó hasta sus oídos, ella recordó los largos meses de vacilación, recordó el peso moral de aquella carga aplastante y supo que un chisme tan bueno tomaría años en olvidarse. No pudo explicarse por qué el mundo lo sabía, por qué la gente y las paredes seguían en su sitio y la miraban con los mismos ojos cálidos y tranquilos, por qué el transgresor seguía con vida. Ella no sabía que todo se estaba preparando, que se dejaría correr un tiempo, unas semanas de gracia antes de que un pecho explotara en el aire y unas manos se agarraran inútiles al asfalto mientras el drama de ser hombre se escapaba de ese cuerpo de cuarenta años que las tergiversaciones del secreto habían hecho culpable, ese cuerpo que sólo se parecía al transgresor en tener dos ojos mustios, dos oídos de músico y una vara entre las piernas. Ella no sabía que el error y la infamia eran secretos más poderosos. Algunos explicaron su locura final diciendo que años más tarde se encontró frente a frente con el transgresor, a quien creía muerto. Nadie sabe si enloqueció de terror al sentir la vibración del inframundo, o de felicidad porque el empeño de sus años de oración al fin lo habían resucitado.

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