Por Camilo Bogoya.
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Éramos seis en la mesa. Una pareja de recién casados, un par de lesbianas, la anfitriona y yo. Toda la semana había estado esperando esta cita, una semana de largas disputas con el armario, de camisas planchadas y pantalones descartados. La comida fue abundante, una mano insidiosa mantuvo siempre las copas llenas. La anfitriona se sentó a mi lado, y por momentos, al dejar el cuchillo sobre el plato, al tomar la servilleta, al mover un pie nos rozamos. Cuando el vino, el café, el arroz, las confidencias se agotaron, de repente una mano estalló contra mi cara, unos brazos me levantaron de la silla, unos pies me golpearon por el pasillo, unos gritos me hicieron buscar la puerta, y ya en la calle, vi cómo mi chaqueta conocía el suicidio desde un segundo piso. Una semana de peinados y perfumes y afeitadas impecables terminaba. Un mes de asedios, de mensajes por internet, de fotografías y citas frustradas. Todo echado a perder por esa mano insolente que de repente se colocó sobre la mano de la anfitriona, la misma mujer de ojos verdes que aceptó mi insolencia y sonrió en silencio, la misma joven que llegaba a los treinta y se sentía sola en su esplendor, la misma que sintió de qué manera mi mano levantaba la suya para ponerla en el lugar donde yacían impacientes los niños que los dos tendríamos, en ese lugar palpitante que su mano estrechó antes de rebelarse contra el deseo, el amor, el porvenir.
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