I
Nadie te conocía. Da lo mismo. ¿Por qué habrían de hacerlo?. Nadie te conoce, es decir, nosotros no te conocemos. ¿Por qué habríamos de hacerlo?. Empezaste a poblar los espacios, los cuartos, primero, el cuarto de mi padre. Él tal vez no se percató hasta cuando todo se convirtió en “la otra” y ya, por supuesto, era demasiado tarde. Después del cuarto de mi padre, vinieron los otros espacios, más complicados aún, la memoria, el pensar, el sentir, los invadiste poco a poco. Mis detractores dirán que no es cierto, que no se puede invadir la memoria de esa forma, que los recuerdos son caprichosos y a veces de improvisto pueblan las noches tristes de cualquier mes. Mis detractores dirían que no es cierto, que el pensar no se cambia así no más, un día cualquiera, habría que leer las teorías antiguas y modernas para saber que nadie obliga a otro a pensar de modo distinto. Mis detractores dirían que no es cierto, que el sentir no se cambia así no más, que hay corazones valientes que logran esconder en lo más recóndito el amor verdadero, que sucumbirá aún su misma muerte. Yo me defiendo, he visto los ojos de mi padre, he visto que no tienen memoria.
II
Nosotros te consideraremos “la otra”, no podrás habitar nuestros cuartos, pondremos cerraduras de variadas formas y tamaños. Los llenaremos con fotografías, retazos de un tiempo que sí existió. Pondremos velas, muchas velas, al frente de
III
Se esta acercando en mitad de la noche, abre las cerraduras, no importa cuántas hay, apaga una a una las velas. Mis hermanos y yo abrimos al mismo tiempo los ojos, y la miramos. Ella grita, recobrando la calma unos minutos después. Nos mira también y nuestro ojos se vacían, empiezan a borrarse, y nuestros brazos, y nuestro huesos, muy lentamente, desaparecemos de esta noche sin velas, de este fragmento de memoria, de este pasado que agoniza hasta deshilacharse.
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