A esta altura del camino es complejo, por decirlo de alguna manera, comentar las películas recientes de Martin Scorsese. Su envestidura de mito moderno del cine norteamericano emplaza todo comentario hacia un campo indefinido, donde el respeto se entrecruza con la historia. Le guste o no a los cinéfilos, es el pasado de Scorsese el que habla por él en sus últimas realizaciones. Visto de esa forma, que el conflicto de Shutter Island gire en torno al tema de la identidad, la memoria y la pérdida, resulta sumamente representativo – ¿paradójico? – del estado actual del cine norteamericano, y de uno de sus últimos grandes mitos.
En Shutter Island, el viejo Martin vuelve a las aguas de un género que, a pesar de no consagrar explícitamente, ha transversalizado una zona relevante de su estética. Acá se nota un regreso a un cine de densas atmósferas pictóricas, que confluyen en la caracterización de personajes fisurados en su psicología. En el terreno del thriller psicológico, Scorsese demuestra una hábil artesanía – señal de un retorno a códigos originarios – en la puesta en escena y el manejo de cámaras, amén de consagrar un equipo de trabajo sólido y compuesto.
Basado en la novela homónima de Dennis Lehane – una suerte de Elmore Leonard posmoderno – , la historia nos traslada a la década del '50. Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) es un Alguacil del Gobierno estadounidense (US Marshall, para que se entienda mejor) que es enviado a un misterioso hospital para criminales locos, ubicado en la isla Shutter, con el fin de investigar la inusual desaparición de una de sus reclusas. Al llegar al lugar, e iniciar su búsqueda, se encuentra con inusitadas oposiciones que encenderán la mecha de un misterio más grande de lo que el mismo podría alguna vez sospechar.
En este contexto, la película intenta formular preguntas interesantes acerca de la confianza en las instituciones, incluida la ciencia, y en los sujetos que las personifican. Poner en tensión la verdad es una de las consignas morales de la cinta, a partir de un juego de intrigas que se construye con disimulada torpeza: intentando no caer en lo obvio, produciendo especulaciones a modo de espiral. Es claro el tributo al cine negro, al actualizar las problemáticas que definieron el género hace más de 70 años; en este sentido, la transformación más interesante sucede en torno a la voluntad del protagonista: de la confianza, a la duda; de las certezas, a la búsqueda. Para ser un trabajo de personificación tan complejo, DiCaprio sortea con escasas ventajas su cometido, en un papel que no se aleja de sus últimas representaciones.
Sin menospreciar el talento de un narrador como pocos, la trama tiende a entramparse a medida que las revelaciones salen a la luz. Afortunadamente el guión no recurre a salidas demasiado facilistas para hilar la (siempre necesaria) verosimilitud, manteniendo las dudas hasta un implosivo desenlace, marca de factura de Scorsese. A la par, resulta importante el trabajo de fotografía, al descansar en él gran parte de la carga psicológica que otorga fuerza a los pasajes más intricados del relato. Mientras el guión expone, la fotografía sobreexpone.
Aunque probablemente los nostálgicos de Scorsese sostengan una resistencia frente a la película – como debe haber pasado con sus últimas películas – , aún es posible contemplar rasgos que explican la importancia del realizador italoamericano: la pericia a la hora de escenificar lo contradictorio de la condición humana, el manejo audaz de una cámara sofisticada y a la vez tradicional, una capacidad única para mantener a sus actores bajo un mismo registro, la sutilidad con que integra el contexto a los acontecimientos, etc. Elementos que se ponen al servicio de una narración truculenta, que descansa sobre parámetros que juegan con la posibilidad de la Historia (con mayúsculas), en un juego de espejos cuasi-eterno que se consagra en explicaciones psicológicas: el significado de sostener una responsabilidad sobre el pasado. La relevancia de aquello que se llama memoria – que es individual a la vez que colectiva – , en un contexto en el cual las instituciones provocan más dudas que certezas.
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